Repetimos, yo el primero, con machacona insistencia las diferencias que existen entre el baloncesto FIBA y NBA.

Utilizamos constantemente latiguillos: el chuponeo de sus figuras, la permisividad defensiva, la falta de pasión y un puñado de tópicos más.

Insistimos en que nos gusta más lo nuestro, o sea, el baloncesto ordenado en ataque, estrategias defensivas para anular el previsible comportamiento del contrario, y convertimos nuestro baloncesto en aguerrido pero poco sorprendente.


Dos equipos europeos irrumpen dinamitando estos conceptos, el Panathinaikos de Obradovic y el Joventut de Aito.

La diferencia entre ambos es que el primero utiliza la flor y nata del mercado, mientras que el nuestro cada año incorpora jugadores nuevos. Las aportaciones del junior Ribas y del inexperto alemán Jagla son válidos ejemplos.

Estos equipos se parecen a los de la NBA en que depositan sus acciones ofensivas en la imaginación de sus figuras, que explotan su talento sin corsés tácticos.

Rudy en la final copera dobló en tiros al segundo tirador de su equipo, y aseguro a los ortodoxos que muchos de ellos fueron malos.

Sus contrarios se sienten incómodos: reciben acciones ofensivas poco previsibles y defensivas más tendentes a la recuperación que a la defensa de las estrategias. Sorprende que el TAU, con jugadores experimentados, pierda 20 balones y recupere 6, mientras los badaloneses empaten a 15 en esos apartados.

El ritmo conservador del baloncesto FIBA, frente a esta tendencia libertaria, arroja sorpresas tales como que el equipo perdedor anote 9/19 triples, mejorando en 10 puntos porcentuales al ganador, que anotó 10/27.

En este fresco estilo los famosos intangibles cobran relevancia.

Aito y Obradovic aceptan con humildad que el talento está por encima de todo. En la Penya, excepto Rudy y Ricky, los demás jugadores son de perfil bajo en el mercado.

El título de Copa es el mejor premio para el Joventut, que lidera lo que en la vida empresarial actual se denomina I+D+I.