Por tercera vez en este siglo, Vitoria se viste de gala para recibir el espectáculo de la Copa del Rey.

Fue en 2000 cuando debutó como anfitriona, viviendo una mala experiencia; su equipo cayó ante el hoy devaluado Estudiantes, que resultó campeón.

El recuerdo de 2002 es inolvidable para la ciudad. El equipo de casa fue campeón y el festejo, un suceso.

De nuevo Vitoria consigue ser la sede del torneo; se ve que a la ACB no le cuesta trabajo premiar al club que más ha crecido en la última década.

La Copa se impregna de una trascendencia singular, aunque no deja de ser un torneo de muerte súbita y, por tanto, no siempre justo. No premia una trayectoria.

Mucho tiene que ver sobre el éxito el clima que crea la organización, se asemeja mucho a los partidos de fútbol que nos retransmiten desde Inglaterra en los que los cánticos del público y el formato de los estadios le dan al espectáculo un valor añadido.

En nuestro caso, son las aficiones de los equipos participantes que con su colorido crean una motivación extra, tanto en los equipos como en los jugadores.

No suele darse el caso de que los novatos lleguen muy arriba en las eliminatorias. Éste puede ser el caso del Iurbentia Bilbao Basket, ya que por mucho que su entrenador intente mentalizar a la gente, el equipo llega con el premio conseguido.

El hecho de venir como cabeza de serie no le ha deparado la mejor suerte y le enfrenta al Barcelona, vigente campeón.

El Real Madrid, picado en su amor propio tras la derrota liguera, mostrará su mejor cara y pasará a semifinales sin sufrir demasiado.

El enfrentamiento entre los mediterráneos Joventut y Pamesa garantiza un resultado incierto y un bellísimo espectáculo.

Me decanto por los badaloneses amparado en los excesos baloncestísticos de Rudy y Ricky.

El TAU de hoy me parece un equipo con más argumentos que el Unicaja, pero la presencia de Scariolo, maestro en la preparación de enfrentamientos concretos, deja el resultado en el aire.

¡Y por último, que más da! Si el anfitrión cae el espectáculo no decaerá.

La madurez de la afición vitoriana sabe de los caprichos del deporte.