La experiencia que estamos viviendo en la liga LEB una vez adoptadas las reglas que el próximo año regirán en la Liga ACB me permiten pensar que el baloncesto no sufrirá grandes transformaciones técnicas ni tácticas.

Ampliar la línea de 6,25 a 6,75 y reducir el área de los tres segundos me recuerdan a las decisiones de los políticos timoratos, que antes de tomar una medida traumática, ponen paños calientes para curar algo que sobradamente saben que no va bien.

La gran reforma que necesita el baloncesto FIBA es la ampliación del campo tanto en lo ancho como en lo largo.

Las medidas tomadas tienen poca utilidad, al dificultar el tiro desde las esquinas, creando un callejón muy estrecho que, por menos de nada, obliga a pisar la raya al tirador que circula.

En cuanto a la reducción de la zona restringida de los tres segundos, al carecer el baloncesto cada día más de jugadores interiores resolutivos, éstos han encontrado pocas ventajas.

La ampliación del campo permitiría llevar la línea de 6,75 a los 7,05 de la NBA, el campo sería más grande y las transiciones, tanto defensivas como ofensivas, serían más exigentes para los jugadores; los entrenadores se verían obligados a castigar más.

Exagerando la comparación, la transformación sería excitante: no hay más que ver la diferencia tan palmaria que existe entre el fútbol-sala y el fútbol a campo abierto.

El talento de los jugadores de sala tiene poca utilidad cuando se trata del esfuerzo necesario a campo abierto.

Como todas las grandes transformaciones, el cambio definitivo tiene grandes dificultades a nivel mundial; pero tanto la Liga ACB como la Euroliga deberían plantearse algún torneo experimental que nos acercara a las necesidades que el baloncesto está pidiendo.