El trasiego de jugadores entre el baloncesto europeo y la NBA va en aumento año tras año, aunque no todos los jugadores que emprenden el viaje lo rematan con éxito.

En menor medida algún jugador norteamericano se atreve a embarcarse en una experiencia europea teniendo contrato asegurado en su país. Childress es el más reciente.

Olympiakos le está pagando alrededor de 5 millones € por la presente temporada.

Una simple mirada a sus estadísticas demuestra que no está siendo un jugador desequilibrante.

En su misma posición de juego Navarro, estrella del baloncesto continental, tomó el camino contrario hace dos años y, aunque su rendimiento fue positivo no destacó lo suficiente para recibir la gran oferta que le hubiera animado a quedarse en la NBA.

Encontrar el momento más apropiado para dar el salto y valorar si éste es aconsejable, siempre requiere una meditación reposada.

La primera norma que deben seguir los jugadores con posibilidades de desenvolverse en aquel mundo es valorar su posición en el campo.

Definitivamente le es más fácil a un gigante que juega de cinco: los Gasol, Okhur, Nesterovic, Pachulia e Ilgauskas, que aquellos otros que se desenvuelven en posiciones de uno o dos; a éstos la competencia les dificulta el éxito.

Los casos de Jasikevicius, Spanoulis, y el propio Navarro, son ejemplos de la dificultad que supone la competencia de “la negrura”.

Me atrevo a predecir que el paso de Rudy por la NBA no será de larga duración, se volverá pronto para seguir siendo uno de los mejores.

Los jugadores pequeños requieren, por encima de todo, la capacidad atlética y técnica para desequilibrar en el uno por uno, poseer un tiro demoledor de larga y corta distancia, y sobre todo, la fortaleza de piernas para tirar después de bote, acción no muy apropiada para la morfología del “hombre blanco”.

En estas posiciones propias de jugadores pequeños a los americanos les salen los dientes jugando en parques y colegios.

Esas horas de diversión, les sirven para depurarse individualmente y conseguir las anheladas becas universitarias.

Aquí en Europa al jugador, desde muy joven, se le utiliza para servir a la colectividad del equipo, los nuestros maduran antes y son más sabios en el juego colectivo, aunque más romos en la lucha individual.

Estas reflexiones me vienen a la cabeza como consecuencia de las constantes noticias sobre la marcha de Ricky al baloncesto americano.

Traslado mentalmente su juego a cualquiera de los equipos de allá, me la imagino compitiendo frente a Parker, Williams o Paul, no lo veo, me parece imposible que sea capaz de salir airoso en tales enfrentamientos.

Para llegar con éxito a la NBA nuestro joven jugador tiene que madurar mucho, definir cuál es su estilo, podría ser un continuador del ilustre Nash jugando en continuo movimiento y un eterno corre-corre.

Conviene recordar que el fenómeno canadiense no consiguió afianzar su juego en sus primeros años de profesional.

La cada día mayor diferencia entre los grandes equipos europeos y el resto de los participantes de las ligas, es un obstáculo para el crecimiento de los grandes jugadores que juegan en equipos pequeños y medios, el Joventut es uno de ellos.

Jugar un par de temporadas en el Tau, Barcelona o Madrid, incluso en el Unicaja de Aito, parece un peldaño imprescindible para que un jugador madure sus conocimientos, aprenda las dificultades que supone jugar dos partidos por semana, competir por un puesto con un jugador de similar calidad, y sobre todo, a no tener el proteccionismo ni del club ni del entrenador ni de la prensa; en definitiva moverse en un nivel más alto de competencia.

Un ejemplo interesante puede ser la evolución de Vidal, capitán del Tau, salido de la cantera badalonesa y a través de la exigencia del equipo vitoriano a estar en el más alto nivel de los jugadores españoles.

Bueno sería que Ricky recorriera pausadamente su camino como jugador, subiendo los peldaños sin precipitación innecesaria.

El dinero que tenga que ganar en Europa también lo tiene asegurado.