Los medios y los equipos
04.02.2009

Los medios de comunicación españoles conocedores de los beneficios económicos que supone el seguimiento exhaustivo de nuestros deportistas individuales se esfuerzan en cubrir cualquier evento en el que participan.
Nadal, Alonso o Contador llenan páginas de periódicos, si ellos no existieran, el futbol no sería suficiente y la venta de periódicos deportivos descendería, y como consecuencia la publicidad.
El asunto tiene lógica, nuestras estrellas representan siempre a España y el espíritu de país.
Coincide que son jóvenes carismáticos a los que admiramos no sólo por sus méritos deportivos sino por sus comportamientos personales.
Para mí, los medios están equivocados en el tratamiento que dan a los deportes de equipo, intentan seguir con los jugadores los mismos métodos de cobertura que se realizan con las figuras individuales.
Pongamos un ejemplo, en los informativos coincidentes con las horas, la radio más escuchada del país suele dar un flash deportivo que puede ser uno de los siguientes, "Portland perdió, pero Rudy anotó 11 puntos y Sergio jugó cinco minutos o, los Toronto volvieron a perder porque Calderón sigue lesionado".
La NBA se ha convertido en la mayor fuente de información baloncestística, hasta el extremo que el tobillo de Garbajosa, que nos tuvo tan preocupados en su estancia en USA ahora, totalmente recuperado, ha pasado al olvido mientras el jugador triunfa en Rusia.
Hagamos un paralelismo; supongamos que el afamado psiquiatra Rojas Marcos, exdirector de no sé qué hospital de Nueva York, o que, el famoso cardiólogo Fuster, también ejerciendo su profesión en USA, fueran noticia diaria en España, o por la firma de un documento o por una operación realizada en algún hospital a un enfermo anónimo para nosotros.
La noticia en sí no tendría interés, ellos, los doctores, son una representación de lo que los españoles somos en el mundo, como lo son nuestros deportistas, pero no pueden representar el día a día de la vida de nuestro país.
Las empresas de comunicación en sus departamentos baloncestisticos, supongo que influidas por los éxitos de nuestras estrellas en la selección española, han considerado que apoyarse en ellos es suficiente para cubrir la información.
Por otro lado, es más cómodo llenar páginas con informaciones ya cocinadas que llegan de América que currárselas en casa.
Creo que están equivocadas, el entramado baloncestística español es mucho más numeroso de lo que estas empresas creen; las canchas de la Liga ACB se llenan de un público al que interesa el baloncesto, que sin duda compraría periódicos y escucharían noticias que afectaran a los clubes y jugadores que componen nuestra competición.
Cuando algún aficionado ya mayor, habla sobre las batallas de las figuras de antaño compruebo que sus recuerdos proceden de las informaciones que los medios trasmitían.
Los enfrentamientos entre Corbalán o Solozábal, entre Martín y Norris están en la memoria de todos.
Puedo asegurar que aquellos duelos no se acercan ni en calidad ni en físico a los que ahora podemos ver entre Felipe y Splitter, Rakocevic y Bullock o Ricky y Prigioni.
La ACB tendrá algún tipo de culpa que desconozco, supongo que algo hará mal, pero es indudable que ha conseguido que los enfrentamientos entre los seis mejores equipos de la liga sean un espectáculo de primer nivel en el que colaboran unos árbitros siempre imparciales, y donde los jugadores y entrenadores se emplean con energía y talento.
Recién llegado de mi visita anual al baloncesto americano, puedo asegurar que los seis mejores equipos de la liga ACB ofrecen un espectáculo superior a la intrascendente liga regular de la NBA.
Estoy seguro que algún día cambiará la tendencia la tele, una vez encontrado en la figura de Cañada y Romay una buena pareja para retransmisiones.
Más pronto que tarde iniciará un apoyo formal al espectáculo, y a su rebufo, los medios escritos entenderán que para vender periódicos hay que dar noticias de lo que pasa aquí, en el día a día, sin abandonar como es natural los éxitos ocasionales de nuestros grandes talentos que se van con su legítimo deseo de conocer una vida nueva o de ganar más dinero del que nuestra economía les ofrece.
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