Alfonso Reyes, "El video y la madre que"
04.12.2008

¡Qué sería de nuestros ínclitos maestros baloncestísticos sin esa poderosa herramienta con la que destripan las tácticas más herméticas y destrozan las defensas acorazadas de sus oponentes!.
Estos engendros del demonio (los videos, no los entrenadores) son fuente de sufrimiento para el obrero del balón, el jugador.
A las horas más intempestivas, o muy temprano o muy tarde, retumba el temido soniquete “vamos a ver el video”.
Si por lo menos restase tiempo a los entrenamientos, tendrían algún aliciente, pero no hay manera, es siempre una “propina” a las dicharacheras sesiones preparatorias.
La duración del visionado no suele bajar de las 3 horas, durante las cuales da tiempo a todo: a dormir, a pensar en las Batuecas, a darte cuenta de lo incómodas que son las sillas, a admirar el artesonado del techo y compararlo con la modesta y económica cúpula de Barceló… y como sobra mucho tiempo, puedes hasta verlo e intentar captar lo que tu queridísimo y nunca bien ponderado entrenador intenta transmitir.
Para hacer la sesión algo más agradable había que elegir bien el asiento, a ser posible detrás de una columna, entre las cortinas o en la última fila.
Pero ¡ay de ti si el jefe te pilla en trance y sin atender!.
Es entonces cuando te tiene en sus garras y sabes que estás perdido. Como Nosferatu, afila sus dientes y se relame antes de iniciar su mortal ataque.
Tus compañeros se regocijan en el mal ajeno y se sienten profundamente aliviados porque saben que esta vez eres tú el chivo expiatorio y podrán seguir un ratito más en brazos de Morfeo.
Habéis de saber, queridos lectores, que no hay nadie que pase por el tamiz del video y quede inmaculado: todo son fallos, malas defensas y tiros desastrosos.
Ni el mismísimo Michael Jordan fue capaz de soportarlo, y se cuenta que alguna de sus retiradas se debió a un video malencarado en que recibía un tapón de Tyrone Bogues.
Como los grandes escritores, los entrenadores también tienen a sus “negros” que no son precisamente los americanos del equipo.
Son los sufridos segundos, terceros y si el club tiene una aseada economía, hasta el cuarto entrenador el que debe pasar las noches en vela jugándose su matrimonio viendo partidos de jugadores contra los que hemos jugado 200 veces.
Quizá no estemos al tanto de su nuevo tatuaje o de las mechas pero gracias al video nos ponemos al día.
Por añadidura, nos entregan el tomo con las jugadas del otro equipo.
No estamos para ver el video como para descifrar los jeroglíficos sobre la zona que primorosamente ha trazado el programa informático al uso (Scouting For Masocas), magistralmente manejado por el 5º entrenador (a éste se lo buscan soltero para que no se produzca el abandono conyugal).
Qué tiempos aquellos en los que no existía el dichoso aparatito y la única manera de afrontar los partidos era “un par de huevos y a por ellos”.
Habría cambiado con gusto la tortura de los pantalones ajustadísimos por una sola sesión de la visión infernal.
De todas formas, lo mejor de todo esto es el nombre: SCOUTING. Cada vez que lo oigo me viene a la memoria mi época de Boy Scout en la que a mis lozanos 15 años y con las piernas bien peludas, tenía que ir en pantalones cortos por esos mundos de Dios.
Ya tocaremos en próximas entregas el tema de los anglicismos…
Artículo publicado por Alfonso Reyes (http://alfonsoreyes-feb.blogspot.com/)
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