La evolución de un jugador (3)
12.01.2009

En esta situación no se encuentran más de un 10% de todos los jugadores a los que me he referido en artículos anteriores.
De estos no más de un 2% firman contratos realmente importantes en lo económico, el resto pueden estar alrededor de los 120.000 € por año, cantidad que no esta nada mal tratándose de jugadores de 23 ó 24 años.
En este momento se produce el primer error económico, en su circulo íntimo se habla constantemente de esa cifra, olvidando que, por aquello de los impuestos, el dinero real que va a su cuenta nunca será superior a los 80.000 €.
Por lo tanto sería beneficioso que cuanto antes la dirección económica del jugador hablara de cantidades reales.
Este primer contrato suele tener una duración de tres o cuatro años y debería servir para sentar las bases económicas lo más sólidas posibles para el futuro.
Por desgracia las primeras puñaladas a la cuenta corriente van dirigidas a inversiones en pasivo: un coche, una tarjeta de crédito, hábitos generalmente mas caros, cenas fueras de casa, algún regalo a la familia y un calentito dinero de bolsillo que, queramos o no, transforma la vida del adolescente, si adolescente, ya que la preparación humana de nuestro jugador siempre va retrasada.
Este es un buen momento para recomendar un libro que debería ser de lectura obligada tanto para el interesado como para sus padres, PADRE RICO PADRE POBRE escrito por Robert Kiyosaky.
Para este 10% de los privilegiados se abren expectativas formidables, sin embargo algunos llegarán al final de su carrera sin haber aprovechado los 10 años que el baloncesto les ha permitido vivir con holgadamente.
No me refiero únicamente a los aspectos financieros, sino a su desarrollo humano, cultural y productivo.
La trampa reside en que sin una gran preparación personal, sin grandes sufrimientos emocionales, y con una placida vida, el posterior desembarco en la vida real puede resultarles traumático.
Vuelvo al final de este primer contrato, alrededor de 25 años de edad, los próximos cinco años transcurren en una meseta tranquila. Si el crecimiento como jugador se mantiene aparece un nuevo contrato suculento, no hay problema.
Si el jugador se atasca, el dinero será menor, en ambos casos siempre será suficiente para no tener una inmediata preocupación de futuro.
La vida le va cambiando poco a poco, el matrimonio, los hijos, el desgaste por las lesiones, el cansancio, las tirantes relaciones con entrenadores, los sinsabores con la prensa, los aparentes incumplimientos de los directivos, alguna duda sobre la actuación de los agentes y por encima de todo una PEREZA innata para tomar las riendas de su vida.
Ha transcurrido tanto tiempo delegando responsabilidades personales que se le hace difícil cambiar unos hábitos perniciosos adquiridos con el paso del tiempo.
La pereza y el desencanto llevan en muchos casos al deportista a un estado de ánimo receloso de su entorno, tanto en lo profesional como en lo personal.
En nuestra sociedad acudir al psicólogo todavía es poco menos que la muestra de un estado de locura, yo no lo creo, la labor de este profesional en la singular mente de un deportista, próximo a los 30 años, le permitiría encuadernar su desorden de vida, ser más realista y feliz para la nueva etapa que se le avecina.
Rozando la treintena asoma el atardecer en la vida deportiva de nuestro jugador.
Ya hace tiempo que el baloncesto le cansa, todo consejo le resulta reproche, ir al campo le supone un esfuerzo brutal, últimamente entrena peor, consecuentemente juega menos y su carácter se agria.
El día se le hace largo, el futuro amanece y la intima inseguridad le agobia.
No todos los caso son así, algunos privilegiados que valoran el placer de jugar superan esta etapa, alargan su carrera deportiva disfrutando conscientemente de la felicidad de jugar al baloncesto, se sienten preparados para afrontar un futuro sin "hipotecas" pendientes de pagar.
Estos jugadores suelen coincidir con mentes clarividentes dentro del terreno de juego, y de ellos debería nutrirse el Baloncesto Español para conseguir secretarios técnicos, gerentes y directivos de los que tanto adolecemos.
Aquí doy por terminado el prolijo comentario sobre la posible vida de cualquier jugador joven, aunque parezca tener un transfondo pesimista, sólo lo es en el caso de aquellos que nunca han querido hacerse responsables de su vida.
Por el contrario hay un selecto grupo de hombres hechos y derechos que disfrutaron jugando a baloncesto y ahora lo hacen con los recuerdos de su etapa joven, conservan los amigos y las experiencias sabiendo saborear la singularidad de su juventud.
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