Juventud, divino tesoro
23.10.2008
En el patio del recreo de cualquier colegio, acompañados por un ensordecedor griterío, 200 niños juegan a diferentes deportes.
Diariamente se produce el milagro de no ver en la enfermería a media docena de ellos. Mientras, otro grupo más pausado, se come el bocadillo charlando, o quizás, sale fuera del recinto del colegio para fumar su primer pitillo.
La primera selección esta hecha.
Los responsables deportivos del colegio, siempre ojo avizor, observan las condiciones físicas de los chavales y en pocos días hacen una selección de talentos.
Generalmente el chico que vale para un deporte vale para todos, por lo que es el propio niño el que, después de algunas dudas, escoge el deporte que más le gusta.
Sus futuros entrenadores nunca deberían olvidar el hecho de que el jugador llega a la cancha de baloncesto por decisión personal y por lo que le divierte el juego.
Todo esto ocurre en una edad aproximada de 12 años. Su vida deportiva se pone en marcha el día que llega a casa anunciando que ha sido escogido para el equipo del colegio.
En el entorno familiar la noticia no deja de ser más que una anécdota, desde una alegría fingida los padres felicitan efusivamente al crío, y terminan con un comentario jocoso, “no vayamos a tener en casa un nuevo Ricky”.
Ha pasado un mes y ha llegado la hora del primer partido, no se porque razón este siempre es un sábado a las 9 de la mañana de un día otoñal y frío.
El padre a regañadientes, madruga para llevar al niño a ese nuevo capricho llamado baloncesto.
La comida del sábado se ve alterada, el padre cuenta la experiencia a toda la familia e inmediatamente aparecen los tópicos: te ha puesto poco tiempo, no te pasan el balón, fulanito es un chupón, tienes que tirar más…
La vida del crío inicia una transformación sorprendente. Los padres pasaran un par de años divertidos, conociendo a las familias de otros jugadores y trasladando al grupo de campo en campo.
No todas las actitudes de los padres son edificantes, en algunos casos pecan de un forofísmo exagerado.
El chico juega bien, la familia tiene asumido la idea de que en casa vive una futura estrella.
Los hermanos, si los hay, también aceptan que el “jugón” tiene preferencia en la vida familiar: las conversaciones, los resultados, las anécdotas, la comprensión del profesor del colegio, todo son prebendas que facilitan la vida del mocete.
Nuestro muchacho cumple los 15 años, y sin darse cuenta es un ser diferente al resto de su entorno. Las ventajas son evidentes: una vida sana en una edad difícil y la posibilidad de soñar con ser un gran jugador...
Esta singularidad también tiene una parte negativa, en demasiadas ocasiones nuestro futuro jugador pierde pie académicamente, sus profesores “comprenden” la situación del alumno y los padres le toleran actitudes impensables en otro hijo.
Nunca es fácil conducir a un adolescente y mucho menos en estos casos tan singulares.
Ya con 16 años nuestro imberbe proyecto conoce perfectamente la vida de un jugador profesional, se siente singular y el balón es el motivo que llena su tiempo.
Los padres ya han aceptado el hecho y han comprendido que el niño se les ha ido de las manos.
Llegado este momento el jugador ya tiene un entrenador que se preocupa de su futuro, ahora se plantea uno de los grandes problemas que tiene sin solucionar nuestro deporte.
El entrenador en sus sueños vocacionales de llegar a ser una estrella aglutina al grupo de posibles proyectos y le obliga desde sus habilidades a formar un grupo competitivo.
Supongamos que los alumnos de la clase de matemáticas en vez de aprender asimilando el conocimiento y examinándose individualmente, lo hicieran todo en grupo, la conclusión sería que los superdotados interiorizarían las excelencias y el resto serían inútiles en su futuro profesional.
Realidad que se ve en el baloncesto español del momento.
Ya cumplidos los 16 o como máximo los 17 el jugador tiene pérdidas todas las referencias de un adolescente de su edad: disciplina familiar, amigos del colegio o diversiones de grupo.
Su vida se aleja de la realidad, en esta edad tan difícil las relaciones paterno filiales son irreversibles, aquellos ven perdida la posibilidad de educar, y el jugador cree tener una madurez que es sólo ficticia.
Ya está en la rueda, en este momento un avispado agente se acerca a él –hoy los agentes reclutan niños de 15 años-.
A partir de este momento la vida del jugador está en manos de un entrenador que lo usa en beneficio propio, y de un agente que le hace creer que es el mejor conductor de su vida, al conocer a la perfección el mundo profesional en el que se va a mover.
Las actitudes de ambos, entrenador y agente, son comprensibles, éste vive de colocar jugadores y cobrar comisiones.
En el caso del entrenador no lo es tanto, debía de entender que su misión en ese momento es hacer mejor a los jugadores individualmente y que el reconocimiento general le abriría más puertas que intentando copiar a los consagrados.
19 años: una belleza de novia, los estudios abandonados, un dominio asombroso de la música de vanguardia, un ipod pegado a las orejas, y un desconocimiento absoluto de lo que titulaba Baroja LA LUCHA POR LA VIDA.
Un puñado de aduladores, un cierto hábito a la vida nocturna y una perdida de la ética del esfuerzo configura las 24 horas del día del 80% de los jóvenes que son la esperanza de nuestro baloncesto.
Del resto, un 5%, son esos súper dotados que nuestro deporte siempre genera, y el otro 15% es aquel que, arropado por el entorno familiar y al margen del nivel deportivo que consiga, ha disfrutado del baloncesto y ha construido una vida.
En un futuro no lejano trataré el largo recorrido que supone los 10 años de jugador profesional hasta llegar a la treintena.
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