El tormentoso divorcio entre el presidente de la Federación y el seleccionador, merece una reflexión genérica y en profundidad sobre las relaciones entre las dos figuras más importantes de un equipo de baloncesto español.

Una vez escuchadas hasta la saciedad las razones de los interesados, oídas y leídas las opiniones periodísticas, casi siempre parciales por una u otra parte, y tras ver con alegría la actitud tan profesional de los jugadores, manteniéndose al margen de cualquier posición excluyente y ofreciéndose a jugar sin condiciones vale la pena meditar sobre las difíciles relaciones entre el presidente (P) y el entrenador (E).

Los P. son generalmente, son triunfadores sociales y económicos en sus vidas privadas, es impensable ver un club dirigido por un individuo económicamente débil.

Si el personaje es rico de verdad la relaciones pueden ser fluidas, no se sentirá ofendido cada fin de mes al pagar los sueldos del E. y jugadores.

Si se trata de una persona apasionada por el baloncesto pero que tiene que luchar denodadamente por su día a día, soportará por afición la situación, aunque cada fin de mes le supondrá un ataque de celos.

En el presente se da el caso de P. puestos a dedo, sin grandes responsabilidades y escogidos por instituciones por variopintos motivos.

En este caso se trata de un cargo provisional, asalariado directa o indirectamente y siempre desconocedor de los quehaceres del cargo.

En el ánimo de coger la onda se asesorará por entendidos que habitualmente provienen del mundo del entrenador o del jugador.

En todos los casos caerán en la tentación de acercarse a los jugadores, estrellas del tinglado, siempre con actitudes paternalistas en los momentos dulces, y se alejarán de ellos sin reproches directos en los momentos amargos.

En todas las situaciones descritas y en otras que se pudieran dar, el denominador común es que el P. no quiere problemas, para eso tiene a los subordinados.

El P. espera del E. la responsabilidad del buen orden del grupo, de cumplir y hacer cumplir los aspectos disciplinarios y por descontado mostrar sus capacidades técnicas.

El E. en sus relaciones con el club debe intentar que estas sean cordiales, duraderas y enriquecedoras, siempre a través de la figura del P.

Para llevar a buen fin estas condiciones debe conocerle en profundidad; su carácter, sus debilidades, sus intereses y sobre todo su conducta.

Reconocido el personaje, el E. no debe competir jamás con él; si por ejemplo es presumido o presuntuoso dejar para él el foco externo y apartarse de la primera línea cuando este se enciende.

Un buen entrenador es fiel al club y discreto en todos los ambientes.

Cualquier comentario dañino para el club o para el P. será tomada como una alta traición imperdonable al ser su puesto de plena confianza.

Cualquier decisión del E. debe ser conocida en primer lugar por el P. y después, tanto con acuerdo o sin el verterlas al gran público.

La discreción es la gran virtud de los mejores E. europeos, que jamás dilucida en el ruedo de la prensa sus diferencias, ¿alguien a oído a Aito hablar mal del Barcelona cuando fue cesado en su día, o de Ivanovic en tu tórrida relación con el Barça, o de Scariolo cuando salió agresivamente del Real Madrid, o de Messina en sus malos momentos con la Benetton de Treviso?.

Alinearse con la ayuda fácil del obrero contra el patrón y llevar los problemas a los medios de comunicación siempre conduce al fracaso, podría poner ejemplos negativos pero no es el momento de hacer leña de nadie.

El E. desde su etapa de principiante debe aprender que su rol en un equipo no es otro que el mantener la disciplina, llevar con acierto técnico los partidos, aconsejar con destreza los fichajes, comprendiendo que no siempre los clubes pueden llevarlos a efecto.

Por último cuando se llega a un desencuentro sin retorno, decir adiós en silencio e iniciar un nuevo proyecto sin rencores. La ejemplar salida de Spahija del Tau, después de ser campeón, es un ejemplo de actualidad.

Es sorprendente como en España, los jugadores tienen mejor aprendida su lección, callan, juegan con el E. que les toca, si están descontentos le piden a su agente cambiar de equipo y en contadísimas ocasiones arremeten contra el entrenador con el que no se entienden.

Dejo para los entrenadores las reflexiones sobre este asunto de actualidad.