La pasada semana Pedro Ferrándiz, el entrenador más carismático y galardonado del baloncesto español, invitó una comida a una veintena de ex jugadores suyos, tuve el honor de ser uno de ellos y me permito contaros mis impresiones.

Me anticipo advirtiendo que no soy en absoluto nostálgico, y como dice el malogrado coplista Carlos Cano: "no me hables de ayer que me hago viejo...no me gusta la vida en diferido".

Sin embargo, debo admitir que mentiría si no reconociera que viví un feliz encuentro, que fue enriquecedor, y que estuvo presidido por un sincero cariño de todos los presentes hacia el singular entrenador.

La gran sorpresa fue la presencia del presidente del Real Madrid, Ramón Calderón. Una vez más como ocurre con casi todos los humanos, el presidente gana en la corta distancia, y se demuestra lo injusto que resulta juzgar a personajes públicos por informaciones de terceros, generalmente condicionadas por el trivialismo propio de la época en que vivimos.

Calderón me sedujo desde el momento en que nos informo de la trascendental decisión que había tomado en cuanto al baloncesto blanco.

En un futuro inminente en que se aprueben los nuevos estatutos del club, éste pasará de ser un club de fútbol, a convertirse en Real Madrid Club de Fútbol y Baloncesto.

La medida es importante, conocido es que el deporte del balón gordo ha estado en peligro en varias ocasiones, sobre todo con presidentes futboleros que mantenían la sección más por temor a las críticas que por voluntad propia.

Otra característica que llama la atención del personaje es su ciega pasión madridista, le sale del alma, y le cuesta comprender la actitud de algún jugador que valora más aspectos profesionales que el hecho de engrosar la plantilla blanca.

Yo, que por mis circunstancias de vida encontré la felicidad en Vitoria, me resisto a creer que ningún club pueda ser el más importante del mundo si no es apoyado en su grandeza diaria, en el ejemplo de unos profesionales con actitudes responsables que sustenten su vieja filosofía, y en la cual modelé mi carácter en mis años jóvenes.

Como podéis imaginar el presidente madridista y nuestro anfitrión Ferrándiz fueron las estrellas. Pero la comida dio para mucho más: recuerdos, batallas y memorias distorsionadas que aparecen cuando estaban en el olvido.

La tertulia creció y creció, de la mano de unos charlatanes: Sainz, Luyk y por descontado yo mismo, con mi incontinencia verbal de la que suelo arrepentirme; otros con puntuales reflexiones: Descartín, Los Ramos, Cristóbal, Guardiola y por último el grupo de los discretos, encabezados por el observador Beirán, sentado codo con codo junto a Brabender el eternamente tímido, que no distante.

Emiliano, la súper estrella de aquellos tiempos, estuvo parco en palabras, su puesto institucional entre los blancos le obliga a ello.

En estas reuniones, las discusiones más frecuentes entre ex jugadores o ex entrenadores es la eterna y quimérica comparación entre ellos, mejor dicho nosotros, y los actuales.

Mantengo que ninguno de aquellos podría jugar hoy si no fuera con adaptaciones brutales; ponía el ejemplo de Luyk que con sus 2 m pelados era un 5 poderoso, me atreví a asegurar que su maravilloso gancho hoy sería irrealizable por falta de espacio donde extender el brazo... ¡para qué contaros el tumulto!.

Después de todo la gran realidad es que éramos unos pequeños enanos.

Se tocaron temas de mayor calado: aspectos intelectuales, de comprensión y de listeza. Es posible que mis coetáneos, los buenos, fueran más pillos.

La astucia va más de la mano de la lucha por la vida que del bienestar actual. Pero el problema no es sólo nuestro, en la NBA veo la misma evolución, ningún jugador actual tiene el talento de Larry Bird, quizás tengamos que olvidarnos de ellos como consecuencia de la aparición del músculo.

Pero volvamos al anfitrión Pedro Ferrándiz y de su dimensión dentro del baloncesto. Quien como él ha conservado la admiración de sus jugadores, cuantos entrenadores de su generación y posteriores han parido entrenadores de vocación, el laureado Sáinz encabeza su larga lista de herederos.

Y sobre todo, cuantos entrenadores una vez retirados de la primera línea han conseguido permanecer presentes como lo está hoy Ferrándiz.

Dice Antonio Gala "La vida, a pesar de ser la antesala de la muerte, no es cicatera, no es un contable que lleve al céntimo el debe y el haber; es derrochadora -y yo que se que ella no es mía sino yo de ella- espero prolongar este breve pasillo del placer de vivir".

Y si como intuyo Pedro se aferra a esta poética visión de su vida quizá a los postres le faltó decirnos, ¡pero coño! ¡para cuando vais a dejar el homenaje que tanto merezco de vosotros, y sobre todo de este Real Madrid señorial del que Calderón presume!.

Conociendo la autoestima de Pedro, remataría, ¡y que además nadie merece más que yo!.

Lectores de Eurosport, perdonarme la licencia intimista, os prometo no volver a caer en ella hasta la próxima vez.