Inició mi comentario recordando un aspecto que generalmente pasan por alto los padres a los que les gustaría ver a sus hijos convertidos en estrellas del deporte.

Un minuto frente al espejo, sería suficiente para hacer una valoración justa de la herencia genética que la criatura puede heredar.

Tras una pausada reflexión podrían ver aclaradas muchas dudas, y llegar a la conclusión de que el niño podrá divertirse toda la vida haciendo deporte, o por el contrario soñar con ser un deportista de privilegio.

Hablar de uno mismo no es agradable y cuesta trabajo, en este caso no me queda más remedio que hacerlo; cuando Pablo desde muy niño, pasaba horas intentando encestar en el quicio de una puerta hice grandes reflexiones sobre el físico que habíamos engendrado su madre y yo.

Me equivoqué muy poco: pequeño, poco musculado, despierto... en definitiva un niño normal como la mayoría de sus compañeros de colegio.

¿Que le permitió a Pablo llegar a ser un jugador aceptable dentro del baloncesto español con la genética que describo?, únicamente su PASIÓN desmedida.

En la relaciones paterno-filiales de un niño que quiere ser jugador, está generalizado el hecho de que la pasión la pone el padre y el hijo se deja llevar, quizá esta sea la forma de vida de nuestra sociedad, pero no vale para el deporte, y crea, en algunos casos, distanciamientos insalvables que con el paso del tiempo se convierte en motivo de reproches por parte del padre hacia el muchacho.

Es el niño el que debe mostrar la pasión por el juego.

Anécdota: recuerdo que siendo entrenador del Baskonia y teniendo Pablo alrededor de 12 años cuando volvíamos a casa después de un partido me emplazaba para ir a entrenar el domingo por la mañana, yo le ponía la condición de que viniera su hermano menor y que además no estuviera lloviendo, pues bien, puntualmente a las nueve de la mañana venía a reclamarle el compromiso, yo, desde la cama llamaba a su hermano, le preguntaba si llovía, este siempre decía si, mientras que Pablo lo negaba y se ponía a llorar.

Pablo fue jugador y Jon es un tipo fantástico.

Ettore pone mucho énfasis en la necesidad de que el niño encuentre el entrenador apropiado, es una gran verdad, Pablo tuvo mucha suerte; yo tenía en mi equipo un base enamorado del baloncesto y maestro de profesión que trabajaba en el mismo colegio donde estudiaba mi hijo, él fue su entrenador.

Juan Pinedo fue ese entrenador que moldeó los primeros años de la vida deportiva de Pablo. Personalmente viví desde la distancia sus primeros años de deportista, algunas veces iba a verle jugar y el espanto que me producían las actitudes de los padres allí presentes me hizo renunciar al seguimiento.

Algunas veces la actitud de los paterna es mucho peor que la materna, el padre, encuentra en el niño la figura que a él le negó la vida y se aferra a las vivencias de su hijo como si fuesen suyas y que en su día no pudo realizar, mientras la madre se preocupa más por la protección del niño que por cualquier otra cosa.

Algunos clubes y colegios en España, reúnen periódicamente a padres y entrenadores para marcar los caminos apropiados en la educación de los jugadores.

DIVERTIR es la piedra filosofal en la que deberían apoyarse todos aquellos entrenadores que ejerzan en edades educativas, me atrevería a decir que incluso en las más altas instancias profesionales hay momentos en que los jugadores necesitan de la diversión, me cuesta comprender el porque la profesionalización lleve a convertir un juego en un trabajo desagradable en algunos momentos.

Odio la palabra trabajo cuando se la escuchó a entrenadores jóvenes y suelo decirles: nosotros jugamos, entrenamos, competimos; en definitiva nos divertimos, nunca trabajamos.

Pero volvamos a Pablo, la pasión desde luego la tenía y la tuvo durante mucho tiempo; pero desde luego tampoco es bastante..., hay un rasgo en la vida que permite a los hombres destacar sobre el resto de sus iguales LA COMPETITIVIDAD.

Esta virtud innata que además requiere una constante doma es difícil de estimular, cuando la tiene el jugador, y enseguida se descubre, se convierte en un tipo difícil, y si es un niño todavía más, Pablo lo era.

Anécdota: siendo ya mayorcito, alrededor de sus 15 años jugábamos con frecuencia partidos uno contra uno, yo había cogido mis kilitos, él era una pluma, yo, para ganarle necesitaba todo tipo de triquiñuelas, él reclamaba faltas que yo negaba, él seguía jugando y yo le ganaba.

A la vuelta casa, en el coche, no me hablaba, llevaba los ojos inyectados. Un día le pedí a su madre que le preguntara en la comida quien había ganado, así lo hizo, Pablo se echó a llorar y la dijo que había perdido porque yo le hacía trampas.

Había llegado el momento, reconocí que era cierto, le di la victoria y se abrazó a mí.

Pablo fue creciendo sin mejorar su físico manteniendo su pasión y su competitividad, le mandé a estudiar a Estados Unidos, insisto a estudiar, no a jugar a baloncesto, la experiencia fue fantástica, una sociedad nueva, competitiva y menos protectora que la nuestra; llegó a un colegio para mí desconocido y en el que no había negros, menos mal, son tan superiores físicamente que hubieran destrozado al niño.

La experiencia fue fantástica, los americanos moldearon un año trascendental en la vida del chico y del jugador.

A su vuelta y siendo quizás un jugador un poco más importante que sus compañeros de colegio surgió una posible carrera profesional.

Quién mejor que yo como padre y conocedor del deporte para dirigirle. Lo medite y rápidamente desistir en la idea.

Qué vergüenza, pensar en la posibilidad de meterme en el mundo del negocio a través de mi hijo. Pablo puso su carrera deportiva en manos de un agente, Arturo Ortega defendió sus intereses con honestidad y yo viví su carrera desde la distancia.

Dirigir a Pablo como jugador, muy jovencito en la primera división, no me resultó nada difícil, mi única preocupación era su educación.

Anécdota: jugábamos en Málaga un partido de pretemporada, Pablo tendría 18 años, su pasión le llevó a dar una patada a un cartel publicitario, tiempo muerto, dos mil personas gritándole, le dije: sal corriendo y coloca bien el cartel, cuando un empleado iba en camino; le grite: ¡no le dejes levantar ese cartel, se más rápido!; el público ovacionó su gesto; ya conocemos lo voluble que es la masa.

Al paso de los años un aficionado malagueño, que por cierto, este año me he vuelto a encontrar en la Copa del Rey un día me paró y me dijo: yo sabía que su hijo iba a ser un buen jugador desde el día que levantó el cartel.

Anécdotas tengo muchas: jugábamos en Torrelavega otro partido amistoso, me pidió dinero para ir al bar y volvió a los pocos minutos diciéndome que había ganado dinero pues el camarero del bar se había equivocado en las vueltas, le hice ver que aquel hombre tendría que ponerlo de su bolsillo al final de la tarde, se me quedó mirando y me dijo que iba a devolverlo.

Después de todo un jugador siempre es mejor por como se comporta fuera de la cancha, Calderón o Garbajosa son ejemplos de lo que quiero decir.

Messina conoce mejor que yo la necesidad de un intelecto desarrollado en el baloncesto que hoy se juega en Europa, de ahí su preocupación por la formación de los jugadores, por el desarrollo mental que sólo se consigue con el sacrificio del estudio, la conversación y el debate.

Los países de la cuenca mediterránea seguimos valorando a las figuras deportivas exageradamente, son la envidia de padres soñadores que, ante la menor posibilidad de que sus hijos sean estrellas, renuncian a su educación, depositando esta en manos de los clubes que contratan a los inmaduros talentos.

A partir de ese momento el muchacho escoge el camino de la profesionalización deportiva quedando marginado todo crecimiento intelectual.

Anécdota: en la cocina del baloncesto español se criticó a la actitud del Joventut de Badalona, de su entrenador Aito y de los padres de Ricky Rubio que niegan cualquier acercamiento al muchacho a todas aquellas personas que intenten distraerle de sus deberes de colegial.

Hace unos meses, el chico renunció a un reconocimiento público como mejor deportista joven español, por no perder un día de colegio yendo a Madrid a verse rodeado de políticos de corbata.

Dejémoslo aquí, para qué insistir en aspectos de difícil corrección. Las ligas profesionales no son responsables de la educación de sus jóvenes jugadores, el hecho de pagarles sustanciosos contratos, les liberan de la responsabilidad.

Sólo hay una fórmula para mejorar el nivel medio de nuestros jugadores jóvenes; estimular, canalizar y referenciar con concreción las prioridades de los entrenadores jóvenes en el sin fin de cursos que las federaciones imparten constantemente.

El entrenador de élite, como en el caso de Ettore se forjan en el día a día, nunca en cursos técnicos, ya que estos están al alcance de todos a través de los medios tecnológicos actuales.

La diferencia reside en el profundo conocimiento del humanismo.