La radio, a la que soy adicto, me permite con frecuencia reflexionar sobre temas de lo más variopintos. Mi deformación baloncestística me lleva a extrapolar hacia nuestro deporte cualquier comentario filosófico.

La otra tarde en el programa “La Ventana" de Gemma Nierga debatían dos ilustres sociólogos Manuel Delgado y Manuel Cruz sobre la diferencia entre PERDEDOR y DERROTADO, el tema era interesante sobre todo para el mundo del entrenador.

En el deporte perder es una circunstancia natural, es un hecho sobre el que el entrenador construye la mejora de su equipo; del partido perdido se sacan conclusiones, y de ellas se ponen en marcha esfuerzos tanto individuales como colectivos, para una mejora progresiva del grupo, quizás tras las victorias, muchas veces conseguidas con grandes errores, las correcciones son difíciles y el entrenador se deja llevar aunque esté insatisfecho del funcionamiento parcial o colectivo de los jugadores o del equipo.

El partido perdido exige un esfuerzo de reflexión, un espíritu crítico, un examen individual de responsabilidades, un estado de ánimo para luchar contra las disculpas, etc.

Perder un partido es un accidente que debe revitalizar el deseo de entrenar, es el aviso y el síntoma de que algo no ha funcionado bien.

En muchos casos perder obliga a reflexionar sobre el pasado, sobre los errores cometidos en la planificación, en los fichajes, incluso en la decisión de comprometerse con aquel club. Ninguna de estas dudas deben ser motivos de desaliento.

El entrenador perdedor no existe, siempre que tras el accidente afronte la realidad con pasión y gallardía, sin miedo a la soledad, y sabiendo lo hostil que resulta el entorno tras la decepción.

La DERROTA es mucho más profunda, tiene poco que ver con el partido perdido, ni siquiera es consecuencia de unas previsiones deportivas no alcanzadas.

El primer síntoma de derrota es una sensación de bloqueo, de no saber cómo atajar los males que el equipo vive, o reconociéndolos, no ser capaz de atajarlos en el tiempo oportuno.

Perder un partido, como decía antes, exige reflexiones, si estas no se llevan a efecto en el debido tiempo puede llegar a ser el principio del derrotado.

Para el entrenador, actuar con prontitud supone vacunarse contra la derrota, anticiparse a lo que los demás piensen, es la óptima reacción contra las dudas que puede suponer perder un partido para jugadores y club.

El entrenador empieza a ser derrotado cuando delega sus funciones en ayudantes o preparadores físicos, estos suelen ser los primeros que detectan el desaliento y la derrota, pierden el respeto y la admiración por el entrenador, se apean del barco, o lo que es peor, aprovechan los momentos de duda para provocar en el club decisiones interesadas.

Las dimisiones que constantemente vemos en todos los deportes son la demostración fidedigna del hombre derrotado que renuncia por impotencia.

Cada día descubro, con más frecuencia, entrenadores derrotados de antemano que siguen trabajando con mayor o menor éxito.

Son aquellos que dominan muy bien el oficio, conocedores de sus debilidades alargan sus carreras con triquiñuelas que suelen usar con presidentes y medios de comunicación, incluso consiguen éxitos esporádicos, pero el que conoce profundamente el mundillo de su deporte aprecian la carencia del vigor, o posiblemente no lo hayan tenido nunca y tan necesario para salir de su estado de derrota.

Sólo hay una razón que justifique que estos hombres ejerzan la profesión, las necesidades económicas para sacar adelante una familia, insisto que es la única, a entrenar no se llega a través de la profesionalización sino por la vocación, y cuando ésta acaba es mejor dejarlo.

Puede darse el caso que el entrenador derrotado desconozca la realidad y no tenga clara la idea de su situación personal, esta, ha llenado tantos años de su vida y tiene tan grandes recuerdos de sus éxitos que le cuesta reconocer que el paso del tiempo ha terminado con sus capacidades.

Yo tuve la suerte de tener en dos etapas de mi carrera en mi equipo a Quino Salvo, un hombre excepcional y un jugador medio, la primera en el Cai Zaragoza, en la que creo que los dos disfrutamos plenamente del placer del baloncesto, y tres o cuatro años después nos reencontramos en el Forum de Valladolid.

El año fue malo, conseguimos mantenernos por los pelos, un día se produjo un hecho que me abrió los ojos y que os cuento: tras una derrota en casa coincidimos en un bar tomando una copa, el estaba con Juan de la Cruz, oculto tras una columna no me podían ver, hablaban sobre la situación del equipo y mi gordo Quino le decía a Juanito “si nos coge el Pepe Laso de hace cuatro años nos mata”.

Nunca se lo agradecí bastante, aquel año fue el último de mi carrera de entrenador.