A las puertas del éxito final, vale la pena investigar sobre los motivos que concurrieron para que la trayectoria de nuestra selección haya sido tan errática en la primera parte del campeonato.

Todo empezó en el último partido de preparación ante Lituania. Recuerden qué apatía, qué abulia.

La sorpresa para medios y aficionados fue tan grande que afectó de forma desmedida al grupo. Pero aquella derrota no era el motivo.

Los problemas se ocultaron, nadie quiso profundizar en el motivo del desacierto en el principio del Europeo.

En los primeros partidos, la España más triste del último decenio. Algún entendido ya lo adivinó.

El equipo no jugaba el baloncesto que le había hecho famoso, muchas defensas zonales, muchas rotaciones y sobre todo poca alegría.

En estas circunstancias, la cara de nuestras estrellas se contrae, cierran el pico y abren el paraguas.

A todo esto, el señor Lissavetzky había aparcado todas sus ocupaciones para gozar de unas vacaciones gloriosas y el sufrimiento se apoderaba de todos.

Y la mala leche cundía en el grupo por las noticias que le llegaban de España, casi todas en forma de “vendetta”.

Conociendo la gente que maneja el grupo español, me imagino que Pepe Sáez reunió a los jefes en un cónclave.

No será el primero ni el último. “De aquí en adelante hacer lo que queráis, que del resto me encargo yo”. Sencillo.

El presidente toma la responsabilidad y le dice algo así al entrenador, “Respeta la calidad de estos jugadores. Tú mismo reconociste hace poco que nunca habías tenido un grupo así. Limítate a dejar que fluya su talento”.

Scariolo, que reconoce que la parte de su cuerpo que más le gusta es su cerebro y que le encanta pensar, reacciona y a partir de este momento se emplea como lo que es, un gran entrenador. Y todo en marcha.

Como hicieron los dos seleccionadores anteriores, Pepu y Aito, a estos monstruos sólo hay que dejarles jugar.