Acaba la temporada y no solo hay movimiento en los despachos o los clinics de verano... en la cabeza de los entrenadores toca hacer balance.

Más de un centenar de entrenadores profesionales han llegado al final de la temporada.

Si les unimos otros 500 que luchan por serlo y que comparten su actividad deportiva con otros trabajos y además, sumamos los soñadores que de forma amateur han regalado horas de su ocio o de su descanso a la pasión de entrenar, tendremos más de un millar de aspirantes a los que le ha llegado el momento de reflexionar que han hecho bien o mal a lo largo de los últimos meses.

Conducir -no me atrevo a utilizar el pomposo título de liderar-, un grupo de jugadores da para mucha reflexión.

Me anticipo a decir que nada de lo que comente a continuación tiene utilidad para aquel que se sienta satisfecho del trabajo realizado.

Estoy seguro que muchos, después de meditar un rato, desearían reinventarse, buena señal, cuando se deja de reflexionar se esta muerto.

La primera necesidad de un buen proyecto de entrenador, es comprender que las personas humildes y esta es la primera virtud de un buen entrenador, no piensan menos de sí mismos sino menos de ellos mismos y, consecuentemente, la autocrítica les servirá para saber si han cumplido las expectativas que otros habían depositado en ellos.

El liderazgo del grupo necesita por parte del entrenador adelantarse a los acontecimientos que les deparará el futuro, no repetir errores y ser creativos e innovadores.

En definitiva, se trata de adivinar dónde está esa capacidad y cómo usarla, no estancarse en los pequeños éxitos pasados nos hace mejores cada principio de temporada.

Sería interminable la relación de motivos que han llevado al entrenador a ser peor de lo que sus conocimientos deportivos merecen:

una mala selección de jugadores, unas concesiones exageradas a las figuras, la aceptación de presiones exteriores, unas penosas instalaciones, una mala configuración del equipo, un estado de ánimo quebradizo, una pereza imperdonable, un exceso de autoestima, una errónea valoración de la plantilla, ciertos enfrentamientos inútiles (producto de una falta de control anímica) con la prensa, con los directivos o con todo el mundo,

una despreocupación por el jugador en su mejora individual, lo que convierte los entrenamientos en monótonos, ciertos problemas personales, siempre descubiertos por los jugadores, que nos han impedido rendir con efectividad todo el año, una manía persecutoria hacia los árbitros, sistemas de juego impropios para la plantilla, grandes altibajos en la preparación, jugadores fuera del peso con lesiones simuladas...

A pesar de todo, no desesperemos, todo tiene arreglo, un fuerte propósito de enmienda y un clarividente diagnostico os hará mucho mejores de cara a la próxima temporada.