Con eso de las tarifas baratas volvía de París en Air France; una azafata sin erres, me ofreció la prensa, ningún periódico en español y por aquello de la infancia en el Liceo francés, me enganché a Le Monde.

Un editorialista comentaba unas declaraciones de Sarkozy, candidato a la República francesa por la derecha.

Según el político, el número de extranjeros que estudiaban en la Universidad parisina era a todas luces excesivo y perjudicaba a los estudiantes nativos.

El articulista rebatía los argumentos del político y yo, en mi eterna deformación baloncestística, encontraba paralelismos con la situación que vive la liga ACB y la, a todas luces, excesiva presencia de extranjeros.

El político afirmaba que la situación era insoportable porque cerraba el paso a la juventud francesa. El comentarista lo rebatía diciendo que “la juventud francesa debe saber que la Universidad está reservada para los mejores, y si la ventaja que supone el entorno francés desde el nacimiento no es suficiente para alcanzar el puesto, en ese caso el estudiante nativo tiene poco valor”.

Este razonamiento es valido para los baloncestistas españoles, si no son capaces de competir con los foráneos es que sus capacidades no son de recibo.

La diferencia entre la Universidad francesa y la incorporación de jugadores extranjeros en el baloncesto español reside en que los futuros universitarios deben superar un examen de capacidades, mientras que al baloncesto ACB puede llegar cualquiera que tenga un agente despierto que sepa vender lo malo desconocido como un producto bueno.

Al político galo se le llenaba la boca con los nacionalismos, el articulista le rebatía diciendo que “si somos un ejemplo para el mundo moderno y pretendemos que nuestra cultura se impregne de los que vienen de fuera, tendremos que recibirles con los brazos abiertos, y de paso, quedémonos con los mejores talentos para hacer grande Francia.

Visión inteligente, a lo largo de los últimos años la ACB ha atraído a los mejores jugadores de países como Francia, Grecia, Italia, Argentina o Lituania, algunos se han quedado y otros se han ido, pero todos han obligando a los mejores de los nuestros a esforzarse para competir al más alto nivel.

El señor Sarkozy recriminaba a la Universidad el poco proteccionismo que brindaba a la juventud francesa, es la misma crítica que recibe la ACB por su visión universalista del baloncesto.

Nuestra primera liga en el entorno europeo, debe sentirse satisfecha de ser la generadora de trabajo para los mejores jugadores del mundo a excepción, claro está, de la poderosa NBA.

El columnista maltrataba al político galo acusándole de nacionalista trasnochado y, sobre todo, de no comprender lo que Francia debe significar para el mundo; en este punto se recreaba sobre la influencia francesa en el continente africano y se gustaba sobre su tradicional grandeza.

En un país como el nuestro es impensable, mucho menos en los momentos en que vivimos, que la ACB se atreviese a regodearse sobre sus logros, no quiero ni imaginar las auténticas barbaridades que leeríamos y escucharíamos sobre sus errores que sin duda los tiene.

Ya lo he comentado alguna vez, hay un refrán caribeño que define perfectamente el mundo de la canasta: "pueblo pequeño infierno grande".

Eso somos nosotros.

* Artículo publicado en la sección Dobles y Pasos en Eurosport.es