De los animales que poblamos el mundo conocido los humanos somos, de largo, los que más despacio aprendemos; por contra, tenemos la ventaja de no dejar de aprender hasta el día en que morimos.

Si los jugadores de baloncesto tuvieran en cuenta esta realidad, se sorprenderían al comprobar sus inesperados progresos temporada tras temporada.

Desconocen que la forma más directa de aprender es imitar a otras personas, es decir, a otros jugadores y les cuesta diferenciar cuáles son los aspectos que se deben copiar y aquellos que se deben ignorar.


En general, el jugador insiste en los aspectos en los que él domina, por desgracia la mayoría, intenta refugiarse en sus virtudes en vez de trabajar en pulir sus deficiencias; esta situación frena su progresión y dificulta su mejora.

Quizás lo mejor sería proyectar algún ejemplo de jugadores españoles de buen nivel que se van oscureciendo sin saber por qué.

Está generalizada la idea de que a Carlos Jiménez le está costando mucho trabajo adaptarse al juego colectivo de Unicaja; no lo creo, su problema es individual, su carácter apocado le bloquea y le provoca una pérdida de confianza alarmante y un miedo inexplicable a botar el balón y tomar decisiones de tiro.

Sólo un esfuerzo mental y un entrenamiento específico le pondrá de nuevo en la órbita de los grandes.

Vidal, Sada y Guerra son jugadores muy próximos a la elite española, pero su confianza en el tiro e incluso su mecánica es deficiente, están a un paso, sólo con concentración y horas de trabajo lo resolverían.

Ricky Rubio, que nos maravilla a todos, tiene grandes lagunas que debe mejorar cuanto antes, no se puede ser una estrella con un 22% de triples, su edad y el talento de las personas que le rodean serán suficientes para consolidar su evolución.

Si buscamos ejemplos contrarios tampoco son difíciles de encontrar: Rudy Fernández ha pasado de ser un tirador errático a tener un porcentaje de 40% de triples y atreverse a tirar en momentos difíciles.

Del San Emeterio timorato de años atrás, hemos pasado a ver a un jugador que sorprendentemente maneja el balón por toda la pista y qué decir de un Trías que corre pasa y rebotea, si consigue ser fiable a cinco metros estaremos ante una estrella

Llegado este momento puede debatirse el grado de responsabilidad que tienen sus entrenadores en la mejora individual, excepto Aito, el resto sigue la corriente de dedicar su esfuerzo al juego colectivo; no es criticable, la urgencia de resultados les obligan a exprimir las virtudes de sus jugadores sin dilación sin preocuparse por los temas de fondo.

Quizá la solución del problema pasaría por la dedicación exclusiva de un ayudante a la investigación y mejora individual de los jugadores en otros aspectos del juego.

Hablando sobre el aprendizaje del hombre leía hace unos días a Eduardo Punset que la vocación de los enseñantes por mostrar sus conocimientos límitan su capacidad de escuchar el sonido de la naturaleza que les rodea.

Recurría el profesor al talento de los ayudantes, y decía: “las enfermeras -más acostumbradas a pensar en lo que los demás cavilan que en difundir, como los médicos, lo que creen saber- se percataron de que en un número significativo de casos a los pacientes se les podía sustituir un calmante como la morfina por un líquido inocuo con efectos idénticos”; a esa labor de enfermeros es a la que se debe dirigir la función de un buen ayudante.

Mi duda reside en saber cuántos colaboradores de entrenador aceptarían esta función de enfermeros o, por el contrario, prefieren ser eternos aspirantes a doctores.

Si estudiaran con humildad los problemas de sus jugadores-enfermos, éstos mejorarían rápidamente, recibirían su agradecimiento y serían considerados valiosísimos dentro de sus clubes; por desgracia, la profesión de ser mero ayudante no se cotiza en nuestro baloncesto.

* Artículo publicado en la sección Dobles y Pasos de Eurosport.es